Números

Ella es dos: la escondida y la desvelada, la que piensa y se detiene,
la que hace y se congela.

Yo soy uno, que la espía tras su emblema, que la mira con los dientes;
uno que se divide entre el hambre y la caballerosidad.

Ella es dos: la soga y el equilibrista, la que multiplica explicaciones
y se resta entre las otras.

Yo soy uno que se enciende y la calienta, que la come con los ojos,
que la pierde entre sus redes.

Seremos tres: el cielo, la tierra y el infierno; o seremos otros donde
los números no cuenten.


El tiempo es lo único que conocemos. Lo demás es secundario. El amor es un engaño, y es fundamental creer en èl. La herencia es una deuda eterna que no sabe hacerse esperar. El mundo demasiado grande para nuestra estúpida imaginación. Los milagros son esperanzas, azares y silencios para algunos; para otros la deshonra, la miseria, la necesidad. Para los criados, la nostalgia de la libertad; para los mimados una idea recurrente.
Para el rey la corona, y para el bufón la angustia del público.
El silencio es una falta de respeto a los ansiosos; el miedo un oso (bi) polar. La carne de mis lágrimas un sendero al infinito, un ida y vuelta sin final, el baile de los necios que no saben bailar.
Quisiera una copa, resumida en una cavidad que pide a gritos que la llenen; una tempestad, una rima tonta, un "no parar de bostezar". Quisiera lo ajeno, en lo que siento libertad; quisiera mañana, quiesiera quizás.
Me hiervo en el mate de la "argentinidad", me asolo en Palermo, y en su soledad.
Desearía poder recordar; desearía que "las mejores promesas son las que no hay que cumplir".
Creí en el infierno, y Dios me puso a galopar; me creí monje y templo, y tal vez divinidad.

Creyendo en el  Pacífico me aventuré en las montañas y el mar; en zapotecos y fúngicos, en remedios para descansar. En la ola grande que acosa al Puerto; Escondido que sale corriendo y se vuelve a mostrar, cada mañana entre la noche y el mar.
 A veces me siento pervertido: sueño con una comodidad que no conozco; vivo pensando y pensando y pensando...
Quisiera que se salve, por milagro, por azar, por coincidencia la dama de mis pensamientos, la figura sin fondo, la mujer. La diva, la chata, la que veo pasar.
Cadena perpetua para la siniestra, la bendita, la sangre de las noches de terror. La extranjera, la versera!
No me alcanza con eso!Quisiera que desaparezca: para desconocer el placer de tocar, de oler, de acercercarme al disfraz. Pero no puedo resistirme, más allá de toda cobardía, la valentía es oro de ese cobre. Y aunque se trate de otra cosa. Creeme lo que te digo, pero no tomes mis azares.

LA CASA DE THÉ

Dargeelling una cucharada por taza; dejar reposar cinco minutos­.

No pude hablarle bien de tí; ni distanciarme de sus ojos rasgados, filosos, indígenas. Tenía todo el tiempo una compulsión: la de trocar sus palabras por una mordida en sus labios. Vieja costumbre si la hay -y creo que en este lugar se conserva intacta- el intercambio de todo por el todo, de algo que ya no interesa por algo que llama nuestra atención, de algo que sepa como la sal que antaño era la moneda universal de cambio. Los labios, los fluidos corporales, las heridas, la respiración cuando es forzosa y agitada sabe a sal; al igual que el agua de ciertos campos donde podía imaginarla caminando descalza por la alfombra de pasto, en esa especie de idilio en que me hallé mientras esperaba mi segunda tasa de té. Quería decirle lo extraño que me sentía hablando con ella. Quería huir, salir corriendo de ese lugar; y esa misma fuerza me hacía quedarme ahí, sin ninguna duda pero con algunas sensaciones que empecé a volcar en mi cuaderno. A fuerza de hacer algo con eso que me pasaba, garabateaba en silencio, mientras ella atendía a las restantes mesas. Quería salir corriendo y dejar en esa silla, esa parte de mi vientre que ahorita no podía controlar. Quería gritar y morderme los labios al mismo tiempo, que me duela la carne, soportar ese placer. Quería dormir con ella, amanecer respirando el mismo aire, el mismo encierro; dejar paso a la angustia o quizá...Ya no sé realmente que quería. Pedir otra tetera o pretender apuro por largarme de allí; decirle que durmamos juntos; llorar por el vaivén de mis sensaciones, resguardarme en la culpa, la duda o el azar.

Szechwan una cucharada por taza; dejar reposar cinco minutos­.

El tiempo juega con nosotros: débiles marionetas de carne y hueso que sangramos por la herida el agua que bebemos, evaporándonos en instantes de éxtasis y júbilo. Doliente es la humedad cuando al secarse nos deja en el desierto de la soledad. La vida es una montaña rusa y los rieles que nos conducen a un reencuentro son la excusa predilecta de los que duermen a la sombra de la incertidumbre.Aquella noche sonó mi teléfono. Parecía un grito en medio de un auditorio completamente callado; sólo que nadie lo advirtió, salvo mis ganas de acudir a una cruzada, un reencuentro. Algo era seguro: tomaríamos un té en honor a nosotros; también era cierto que no era esa maravillosa infusión lo que hacía posible la cita, sino la certeza de que, definitivamente, los cuerpos se atraen, no importa por obra de que fuerza. Uno puede sentir la entrega de una persona al abrazarla, así como también la necesidad de unos brazos que soporten el peso de un cuerpo rendido y quizá maltratado. Estabas hermosa y tu piel de mármol blando volvía a despertar en mí aquellas dormidas fantasías que guarde, cuidadosamente, en el último cajón de mis recuerdos (aquel que es el primero cuando de pasión se trata).
Casi invisibles, caminamos por las cuadras nocturnas de aquella colonia que debe su nombre a las carreras de caballos y a la esposa de algún condenado título de nobleza. Fuimos directamente a tu casa distraídos por una conversación sobre un pasado cercano y poco conocido y un futuro que se escondía bajo la falda de un presente caótico. En igualdad de condiciones, subimos las escaleras, tres pisos de ardientes y cómplices miradas. Una extraña sensación invadía mis pensamientos; y justamente por extraña invalidaba cualquier tipo de lógica. Sólo sentía que algo sucedía, no entre nosotros sino de tu boca hacia adentro. Temí por momentos hallarme en un lugar que no quería y por eso mismo temor quizá, las palabras se volvieron caricias y mi lengua el deshielo de un cuerpo anestesiado. Oniroides imágenes recorrían mi mente. Intermitentes haces de luces penetraban mis pupilas al tiempo que permitían ese maravilloso espectáculo que es ver gozar, sin ataduras, a un cuerpo que se descuadra en espasmódicos movimientos. Mágicamente el té se evaporo en las mojadas paredes de un cuarto abatido. Y el aroma fue un candente silencio interrumpido por gemidos a dos voces. Suelo maravillarme por el efecto que causa la comunión de dos cuerpos que no dan tregua a alimentar sus almas con especias lujuriosas; compartidas sensaciones producidas por el roce de la piel con su combustible predilecto: otra piel. (Cada vez que entro en tu cuerpo vuelvo a un estado primitivo de asombro y alienación como cuando adolescente me hallaba, al experimentar nuevas sensaciones). Respiras, se abre tu pecho. Inspiro tu aliento, agitada brisa de incienso. Clavas tus uñas te adueñas. Siento el rigor de tus yemas. Todo se nubla. Estallas, resignas la respiración, te inundas. Repique de corazones. El instante siguiente crece en medio de un éxtasis, al final de nuestros cuerpos.

Assam Yunnan

Las últimas veces son agrias al paladar de los amantes.

Algo se traía el destino entre manos que no quizo mostrarnos sino hasta la última taza. Cenamos amistosamente, pretendiendo que la cortesía y los buenos modales hicieran un teatro frente a esa extraña sensación de querer estar en un sitio y no. Sabíamos jugar a las escondidas; testigos los desaparecidos meses en que sólo nos pensamos.

Cuando en un mundo de caricias se prohibe el contacto de la piel, sólo resta esperar el eclipse de nuestras sombras en un sueño poco profundo e insatisfecho.

Había imaginado una velada feroz, un desgarro al despedirme, un abrazo compartido. Dos bocas asesinas, unas manos desesperadas. Había, como siempre, de aprender que debo cuidarme de mis fantasías como de las palabras. ¡Como pudo el silencio ser tan filoso!

De camino hacia tu casa me advertiste sobre lo dificil de la situacion: no querías que me acercara, necesitabas espacio. Espacio? Acaso no pusiste un grito en el cielo cuando viste frustradas tus hazañas de mujer seria? Acaso fui un estupido por acudir esa noche?

Seguramente soy de esas personas que tropiezan varias veces con la misma piedra. No podria decir otra cosa: habías nacido de carne y hueso y ahora hasta tus venas estaban petrifricadas. Perdon por la crudeza pero no son tiempos de comprender sino de querer; solo queria darte un poco más de mi amor. No era necesario siquiera el salvajismo apasionado con que supimos conocernos.

Podría haberte tocado como a una melodía suave al compás de una plática, que por demás, siempre fueron hermosas contigo. Quería abrazarte, sentir esa entrega que antes supo indicarme el camino hacia ti y hoy me alejan. Te vi hundirte, ahogarte en tu lógica de quito lo que no puedo tener.

Me vi como un inocente papel en medio de una tempestad de lágrimas que no brotaban. Ni siquiera quebrarte por la ingratitud! Cobardes los corazones que se justifican ante quienes no lo merecen…

Arrepentida noche de insomnio y sequía. Pudo sacarme una leve sonrisa tu gatita que jugaba a deshacer todo lo que encontraba de mi propiedad. Hubiese preferido dormir a la luz de la ausente luna defeña, en algún parque, a sentirme un indigente de amor bajo tu techo.

La mañana siguiente era clara y evidente. Me iría no se adonde; por esas cosas que no sabemos explicarnos (o si) tuve un destino cercano y agradable; buscado.

Perdí la cortesía y la comprensión; la poca caballeros dad que aprendí en este tiempo y mis ganas de volver a verte. Ya no sentía bronca, la noche y el insomnio se encargaron de entregarla al olvido repentino.

Algo se había quebrado y se escucho el ruido. La sospecha no nos libra del mal que vemos llegar y, en mi caso, no sirvió de nada. Porque sólo quería dar un poco más de amor y tu querías que saldara la deuda de los que no lo hicieran contigo.

Al bajar esos tres pisos, vi dibujarse por primera vez una despedida. Quizá nos volvamos a ver pero ya nunca será lo mismo. Eso es exactamente una despedida.

Espiral

Trasnochadas palabras, sin conocernos sin podernos mirar. Alquiladas certezas de sabernos conocidos. Risas computarizadas, risas a la distancia.

¿Puede el anonimato favorecer la comunicación? ¿Puede tu timidez ser más valiente en las frases digitales? Puede un domingo ser compartido.

Queríamos ser, una vez más, presos de la soledad con delirios de escape.Queríamos hablar desde la vereda de enfrente, como en cada cita a ciegas.Queríamos un mundo de fantasía con promesas de estrellas fugaces, como el cielo profundo y negro del Sur. Queríamos creer que la lejanía de la piel no evita sentir ,en la piel, lo que nos produce un encuentro entre dos personas.

Un dia, no era domingo precisamente, pudimos ser otra vez los mismos. El día amaneció con otros colores, con otro sabor.Un día pudimos ser conocidos y extraños, inconsecuentes y desconectados. Pero fuimos menos que desconocidos, sin bronca ni deudas.Decidimos callarnos, hablar por lo bajo, cada uno en su senda. Entendimos que no era momento y nada más. Con cada decisión algo se pierde; con cada intensión algo se gana.

La vez siguiente, el insomnio y el silencio crearon el escenario perfecto. No se supo más de aquel desencuentro, que el propio conocimiento de que a veces, nos desconocemos. Ahora volvemos a reirnos, como dos aprendices de lo que le negamos al pasado, al intentar cambiar el futuro. Sin embargo,siempre notamos un presente que tarda en empezar.

Cuentas

En mi día libre, desperté y me aventé a un parque para correr un poco, sin apuro. Mastiqué algunas ideas, como siempre, y corrí sin más objeto que el de transpirar. Regresé a mi casa y lavé unas ropas a mano en la terraza, acariciado por el sol del mediodía. Luego, almorcé y entre la plática con quienes vivo y la lectura de e-mails se me pasó la tarde. Transcurrida la hora de la merienda, tenía planeado salir de paseo y pasar por la casa de té, para tomar uno contigo. Salí a paso decidido en busca de un teléfono público. Hallé uno a dos cuadras. Te marqué, pero me atendió alguien que ni eras tú, ni te conocía.
Promediando mi día, la tarde se dividió entre un teléfono errante y mis no-ganas de volver a casa. Atraido por el aroma de una taquería, y con antecedentes de la venganza de Monteczuma - o vaya a saber de que Dios que se pasea por Insurgentes molesto por el tránsito de las 7 p.m.- me aventuré con coraje estomacal hacia el puesto instalado a metros de la esquina. Enchilado y acompañado por los trausentes; reunidos por el hambre o quizá el antojo, reunidos por nuestro anonimato también, disfruté en mis labios, disperso en sus caras, el sabor picante de aquella tortilla y su verde ingrediente esencial.
Ni venganza, ni resurrección, con pena y sin gloria, el cociente de mi día reposaba en los estirados pasos que, a fuerza de resignación, me reconducían hacia mi casa. El resto -diría- quedó en una sensación de no-haber-hecho-nada, en una sensación moldeada por el anhelo capitalista de mirar todo desde el punto de vista del éxito; más que mirar evaluar, más que disfrutar querer comprender lo que se pierde cuando se pierde de vista que hay situaciones que simplemente no suceden.
Las cuentas en mis instantes de angustia nunca son claras, aunque pueda nombrarlas. Las cuentas pretendemos que den un resultado: exacto, preciso, avaro quizá. Lo único que puedo reconocer es que en este caso me sentí como el resto.

Desde la silla

Ahora tus palabras se atreven,
ahora las naves del silencio
salen al naufragio, ahora son llaves.

Quise guardarte algunas cosas,
no podía cuidarlas por eso me deshice
de ellas como de vos.

Asesinos recuerdos me acechan,
escondiéndose en el disgusto
de no poder olvidarlos.

Intento no morder como se muerde
lo que envenena con anestesia,
guardaré lo sentido para prohibirme
temblar con tus miedos.

Sin embargo, te escribo.
Desde la silla te miro
asombrado de que aún estés ahí.

¿Y entonces?

Cierto cinismo en la mirada,
estigmas de dulces y mi lengua,
a prueba de fuego, recorre la roja
alfombra del silencio.


Entre mi lengua y mis ojos,
tres puntos: llagas, orzuelos y ardor.
Recordarte es probar dos veces el mismo
veneno.


Y el vaivén de las lágrimas, el deshielo,
los laureles disecados, la marcha atrás.
Los ensayos de errores cansados y el misterio
de nunca saber en que parte de mi cuerpo
aún siento cosquillas.